Leía hace un tiempo atrás acerca
de la decisión de Naturgy de poner a la venta su negocio de energías renovables
en Chile; claramente esto no es un accidente aislado, sino que es el síntoma
más visible de una transición energética hecha al revés. La empresa española ha
reclasificado sus sociedades renovables en Chile como “activos mantenidos para
la venta” porque lisa y llanamente no cumplen los requisitos mínimos de
rentabilidad que exige el grupo. Y nótese, no estamos hablamos de proyectos
marginales. Naturgy opera el parque eólico Cabo Leones II (206 MW) y la planta
fotovoltaica San Pedro (106 MW), en el desierto de Atacama, financiados por
unos 280 millones de dólares. Visiblemente son activos eficientes en una de las
zonas con mejor recurso solar y eólico del planeta, pero atrapados en un
sistema que no puede llevar esa energía por todo Chile. RWE Chile también se
retira este año, tomemos en cuenta que actualmente tiene un portafolio de
proyectos eólicos y solares en desarrollo de más de 2.5GW. YA en el 2023 Europa
estaba preocupada por la insolvencia de varias empresas de energía renovable en
Chile. Entendiendo que la Ley de Transición Energética promulgada en diciembre
de 2024, que tiene como principal objetivo posicionar a la transmisión
eléctrica como pilar para la descarbonización y acelera la integración de
energías renovables al Sistema Eléctrico Nacional, no ha provocado el cambio
que se necesita.
Según un balance de mercado divulgado
en enero de 2026 (estimaciones de Broker & Trader Energy Chile), el
curtailment renovable (o vertido de energía, que es la reducción intencionada
de la producción de energía eléctrica proveniente de fuentes renovables como la
solar o la eólica) en Chile llegó a 6,2 TWh (1 TWh equivale a 1000 GWh y 1 GWh
equivale a 1.000 MWh megavatios-hora) en 2025, con especial incidencia en
Antofagasta y Atacama y desde 2022 los vertimientos representaron pérdidas por
$562 millones de dólares (Sí, así botamos la plata, a veces). Un informe de
Ember (think tank” energético con sede en el Reino Unido) recordaba que minimizar
estos vertimientos es una condición básica para capturar el potencial renovable
del país; pero ¿qué hacemos? seguimos sumando megas de generación sobre una red
de transmisión congestionada y una planificación que está siempre llegando
tarde. En 2024 ya habíamos perdido energía solar suficiente para más de 2
millones de hogares, y aun así las cuentas de la luz no bajan: la ineficiencia
se socializa, el despilfarro no se ve claramente en la boleta, pero la pagamos
igual todos los chilenos. Gran parte de estos hechos han sido dados a conocer en
varias ocasiones por Wilmar Suárez, experto en el área.
Si miramos estos hechos y datos,
aparecen algunas paradojas que Thomas Sowell resume con la idea de
“consecuencias no intencionales”: se prometió que llenar el norte y otros
lugares de nuestro querido Chile de paneles y aerogeneradores abarataría la
energía y descarbonizaría la matriz, pero se omitió un detalle “no menor”: la
carretera eléctrica. Políticamente era más vistoso cortar cintas en parques
solares que pelear servidumbres, permisos y trazados para nuevas líneas, y hoy recogemos
los resultados: energía limpia que se bota, inversiones que se fugan y chilenos
que siguen pagando una energía que es muy cara. Con esto, podemos inferir que
hemos caímos en una “falacia sin resultados”: se asumió que, si cada proyecto
renovable individual era bueno, la suma automática de proyectos sería
necesariamente buena para el país y para las cuentas de los hogares. Es una
variante de la falacia de la composición: lo que es deseable parte por parte no
lo es necesariamente en el conjunto si faltan piezas críticas como transmisión,
almacenamiento y reglas claras de mercado.
Mientras tanto, México vuelve
al radar global con un diseño que, aunque lejos de perfecto, al menos intenta
ordenar primero la cancha. La Comisión Federal de Electricidad lanzó un esquema
mixto que ya recibió 222 propuestas por casi 38 GW, frente a una demanda
inicial de 7,5 GW, combinando generación renovable y almacenamiento bajo
contratos de largo plazo y un rol articulador del Estado. Allí están
discutiendo simultáneamente dónde se requiere la energía, cómo se conecta y
bajo qué reglas se reparten riesgos y beneficios entre lo público y lo privado;
no se limita a multiplicar parques desconectados de la realidad del sistema. Nosotros,
en cambio, hemos sido ejemplar en los discursos (como los de Al Gore en su
momento) –neutralidad de carbono, cierres anticipados de centrales a carbón,
cumbres climáticas– y erráticos en la ejecución. Se anuncian rimbombantes metas
de descarbonización cada vez más ambiciosas, se celebra la entrada de grandes
actores internacionales, pero no se corrigen los incentivos que castigan al que
invierte donde el sistema no puede absorber su energía. Naturgy no se va porque
el sol deje de brillar en Atacama, sino porque el modelo de negocios que le
ofrecimos es inconsistente: se le pidió apostar a largo plazo en un tablero que
se reescribe sobre la marcha.
La moraleja es incómoda: la
transición energética no fracasa por culpa de la tecnología, sino por la
inoperancia política y regulatoria. No basta con repetir que “las renovables
son más baratas” si diseñamos un sistema que obliga a botar energía limpia y desconectarla de la red. Chile todavía
puede corregir el rumbo, pero eso exige algo menos glamoroso que un parque
solar nuevo: planificar en serio la red, asumir costos políticos hoy y
reconocer que los errores de diseño también tienen consecuencias, aunque nadie
los vea en las fotos oficiales. Como consuelo, recién después de 2029 proyectos
de infraestructura que reducirán los vertimientos entrarán en operación. Mientras
tanto sigamos pagando la ineptitud y poca diligencia.
Columna construída con alguna ayuda de la I.A. y verificados los datos.
Foto propia y la dejo de libre uso.
USTED PUEDE REPLICAR ESTA COLUMNA, SOLO DEBE NOMBRAR AL AUTOR Y LA FUENTE.

No hay comentarios:
Publicar un comentario