martes, 2 de junio de 2026

Parte médico de la economía chilena: IMACEC en rojo

Este indicador mensual que recoge cerca del 90% de los bienes y servicios que componen el PIB y que se publica el primer día hábil de cada mes, con un rezago cercano a 31–35 días respecto del mes al que se refiere es el dato que nos entrega el Banco Central para saber si tendremos cuentas alegres o si, más bien, debemos prepararnos para otro frío baño de realidad. Y esta vez la realidad fue compleja ya que abril registró una caída de 1,2% en doce meses, el peor registro en tres años, encadenando cuatro meses consecutivos de contracción. Mientras tanto el Índice mensual de confianza empresarial (IMCE) partió 2026 en terreno moderadamente optimista y, con el correr de los meses, volvió a caer a zona pesimista; el índice de incertidumbre de la política económica (IPEC), en cambio, ha mostrado un aumento fuerte de la incertidumbre económica a lo largo del año.

Lo más irónico es que, al desagregar los datos, el diagnóstico declara que tenemos una minería en coma y una economía no minera que apenas camina con muletas. La producción de bienes se desplomó 5,4% anual, arrastrada fundamentalmente por una menor extracción de cobre, mientras que el IMACEC no minero alcanzó a crecer un feble 0,4% en el mismo período. Es decir, nuestra principal fuente de divisas retrocede fuertemente, y el resto de los sectores solo logra sostenerse de pie sin mostrar un dinamismo que permita hablar de algunos atisbos de reactivación. En términos desestacionalizados, la serie total aumentó apenas 0,1% respecto del mes precedente, mientras en doce meses acumula una caída de 0,9%. Esta es parte de la foto de una economía que se tambalea al borde del estanque, sin hundirse del todo, pero incapaz de flotar y nadar hacia adelante. No estamos ante una crisis abrupta como la de 1982 o el golpe externo de 2008 que nos obligó a usar con fuerza el Fondo de Estabilización Económica y Social (tenía del orden de 20 mil millones de dólares en 2008 y hoy bordea los 3,9 mil millones de dólares, que equivalen aproximadamente a 2,5 mil millones de dólares a precios de 2008), sino frente a una lenta anemia que se prolonga en el tiempo y desgasta silenciosamente a hogares y empresas.

En estos años hemos aprendido que los números agregados suelen esconder incómodas historias. Ya lo veíamos cuando comentábamos que la deuda de los hogares superaba el 50% del PIB (hoy, el 46%) y el deudor representativo acumulaba créditos por hasta cinco veces su ingreso mensual, mientras se nos decía que el sistema financiero seguía “sólido” gracias a las abundantes medidas de liquidez. Hoy la película se repite con otro guión, ya que vemos que el IMACEC no minero crece algo, que hay sectores de servicios resistiendo, pero al mismo tiempo vemos que buena parte de la población está fuera del mercado laboral formal, en la informalidad o en trabajos precarios (para qué vamos a hablar del desempleo femenino), y que esto, no se mitiga con décimas de crecimiento. También hemos sido testigos de la flexibilidad con la que se ha tratado la política fiscal. Cuando fue necesario enfrentar la pandemia y el estallido social, el gasto público creció con fuerza, el déficit estructural se amplió y se utilizaron de manera extremadamente significativa los ahorros del Estado, todo ello en nombre de la urgencia y de otras cosas. Hoy, en cambio, frente a una economía que no despega y con un índice líder adelantado en terreno negativo, reaparece con fuerza la ortodoxia del equilibrio y el llamado a la prudencia, aun cuando las brechas sociales siguen abiertas y muchas familias viven en un frágil equilibrio financiero.

El IMACEC de abril nos obliga a enfrentar una pregunta incómoda: ¿cuántos meses más podremos seguir administrando el modelo con ajustes discretos sin atrevernos a cambios estructurales? Ya lo dijimos alguna vez “las soluciones parciales aligeran momentáneamente la alicaída economía doméstica, pero no corrigen la concentración del ingreso, la baja productividad de buena parte de las pymes, ni la postergación histórica de las regiones”. Mientras las grandes empresas concentran la mayoría de las ventas y el empleo se sostiene a punta de trabajos de baja calidad, el país se ha acostumbrado peligrosamente a crecer poco (si sacamos el deflactor del PIB, no crecemos) y a gestionar lo poco que nos queda.

Quizás ha llegado el momento de dejar de celebrar con fuegos artificiales cuando un mes muestra un rebote estadístico, del mismo modo que no deberíamos caer en fatalismos absolutos frente a cada cifra negativa. Lo que este IMACEC nos recuerda es algo más profundo y que es que la economía chilena está atrapada en un ciclo de bajo crecimiento, alta sensibilidad a la minería y escasa capacidad de generar bienestar inclusivo de manera sostenida. Y eso no se resuelve con un par de puntos de inversión adicional ni con medidas transitorias; requiere una discusión seria sobre productividad, estructura tributaria, calidad del gasto público y un nuevo trato con las regiones y con el trabajo. Por de pronto, la economía debe funcionar porque, de lo contrario, las ciudades pasarán de congeladas a momificadas, y así las personas no viven. Hoy podríamos parafrasear perfectamente que “si seguimos aceptando IMACEC negativos como si fueran un mal inevitable del clima y no una responsabilidad política y técnica, corremos el riesgo de naturalizar la mediocridad”. Vale la pena estar atentos a los cambios que se propongan, para que no nos lleve la corriente y nos ahoguemos otra vez en el mismo río de siempre.

En buen chileno, el enfermo sigue en la UCI y el termómetro, lejos de tranquilizarnos, nos recuerda que la fiebre no cede.

Dr. Ulises Alarcón G.

Académico

Columna construída con alguna ayuda de la I.A. y verificados los datos.

Foto propia y la dejo de libre uso.

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martes, 19 de mayo de 2026

En Energía, Chile construyó la casa por el techo

Leía hace un tiempo atrás acerca de la decisión de Naturgy de poner a la venta su negocio de energías renovables en Chile; claramente esto no es un accidente aislado, sino que es el síntoma más visible de una transición energética hecha al revés. La empresa española ha reclasificado sus sociedades renovables en Chile como “activos mantenidos para la venta” porque lisa y llanamente no cumplen los requisitos mínimos de rentabilidad que exige el grupo. Y nótese, no estamos hablamos de proyectos marginales. Naturgy opera el parque eólico Cabo Leones II (206 MW) y la planta fotovoltaica San Pedro (106 MW), en el desierto de Atacama, financiados por unos 280 millones de dólares. Visiblemente son activos eficientes en una de las zonas con mejor recurso solar y eólico del planeta, pero atrapados en un sistema que no puede llevar esa energía por todo Chile. RWE Chile también se retira este año, tomemos en cuenta que actualmente tiene un portafolio de proyectos eólicos y solares en desarrollo de más de 2.5GW. YA en el 2023 Europa estaba preocupada por la insolvencia de varias empresas de energía renovable en Chile. Entendiendo que la Ley de Transición Energética promulgada en diciembre de 2024, que tiene como principal objetivo posicionar a la transmisión eléctrica como pilar para la descarbonización y acelera la integración de energías renovables al Sistema Eléctrico Nacional, no ha provocado el cambio que se necesita.

Según un balance de mercado divulgado en enero de 2026 (estimaciones de Broker & Trader Energy Chile), el curtailment renovable (o vertido de energía, que es la reducción intencionada de la producción de energía eléctrica proveniente de fuentes renovables como la solar o la eólica) en Chile llegó a 6,2 TWh (1 TWh equivale a 1000 GWh y 1 GWh equivale a 1.000 MWh megavatios-hora) en 2025, con especial incidencia en Antofagasta y Atacama y desde 2022 los vertimientos representaron pérdidas por $562 millones de dólares (Sí, así botamos la plata, a veces). Un informe de Ember (think tank” energético con sede en el Reino Unido) recordaba que minimizar estos vertimientos es una condición básica para capturar el potencial renovable del país; pero ¿qué hacemos? seguimos sumando megas de generación sobre una red de transmisión congestionada y una planificación que está siempre llegando tarde. En 2024 ya habíamos perdido energía solar suficiente para más de 2 millones de hogares, y aun así las cuentas de la luz no bajan: la ineficiencia se socializa, el despilfarro no se ve claramente en la boleta, pero la pagamos igual todos los chilenos. Gran parte de estos hechos han sido dados a conocer en varias ocasiones por Wilmar Suárez, experto en el área.

Si miramos estos hechos y datos, aparecen algunas paradojas que Thomas Sowell resume con la idea de “consecuencias no intencionales”: se prometió que llenar el norte y otros lugares de nuestro querido Chile de paneles y aerogeneradores abarataría la energía y descarbonizaría la matriz, pero se omitió un detalle “no menor”: la carretera eléctrica. Políticamente era más vistoso cortar cintas en parques solares que pelear servidumbres, permisos y trazados para nuevas líneas, y hoy recogemos los resultados: energía limpia que se bota, inversiones que se fugan y chilenos que siguen pagando una energía que es muy cara. Con esto, podemos inferir que hemos caímos en una “falacia sin resultados”: se asumió que, si cada proyecto renovable individual era bueno, la suma automática de proyectos sería necesariamente buena para el país y para las cuentas de los hogares. Es una variante de la falacia de la composición: lo que es deseable parte por parte no lo es necesariamente en el conjunto si faltan piezas críticas como transmisión, almacenamiento y reglas claras de mercado.

Mientras tanto, México vuelve al radar global con un diseño que, aunque lejos de perfecto, al menos intenta ordenar primero la cancha. La Comisión Federal de Electricidad lanzó un esquema mixto que ya recibió 222 propuestas por casi 38 GW, frente a una demanda inicial de 7,5 GW, combinando generación renovable y almacenamiento bajo contratos de largo plazo y un rol articulador del Estado. Allí están discutiendo simultáneamente dónde se requiere la energía, cómo se conecta y bajo qué reglas se reparten riesgos y beneficios entre lo público y lo privado; no se limita a multiplicar parques desconectados de la realidad del sistema. Nosotros, en cambio, hemos sido ejemplar en los discursos (como los de Al Gore en su momento) –neutralidad de carbono, cierres anticipados de centrales a carbón, cumbres climáticas– y erráticos en la ejecución. Se anuncian rimbombantes metas de descarbonización cada vez más ambiciosas, se celebra la entrada de grandes actores internacionales, pero no se corrigen los incentivos que castigan al que invierte donde el sistema no puede absorber su energía. Naturgy no se va porque el sol deje de brillar en Atacama, sino porque el modelo de negocios que le ofrecimos es inconsistente: se le pidió apostar a largo plazo en un tablero que se reescribe sobre la marcha.

La moraleja es incómoda: la transición energética no fracasa por culpa de la tecnología, sino por la inoperancia política y regulatoria. No basta con repetir que “las renovables son más baratas” si diseñamos un sistema que obliga a botar energía limpia y desconectarla de la red. Chile todavía puede corregir el rumbo, pero eso exige algo menos glamoroso que un parque solar nuevo: planificar en serio la red, asumir costos políticos hoy y reconocer que los errores de diseño también tienen consecuencias, aunque nadie los vea en las fotos oficiales. Como consuelo, recién después de 2029 proyectos de infraestructura que reducirán los vertimientos entrarán en operación. Mientras tanto sigamos pagando la ineptitud y poca diligencia.

Columna construída con alguna ayuda de la I.A. y verificados los datos.

Foto propia y la dejo de libre uso.

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domingo, 17 de mayo de 2026

José, Manuel, Mario en qué quedamos con la bendita caja, ¿importa o no?

 

Foto I.A.
La famosa caja sigue penando en las conversaciones públicas. Ministros, exministros, subsecretarios y periodistas hablan de la famosa caja. Si la miramos desde tres frentes —un negocio, una repartición pública y un país— podemos inferir algunas cosas.

Creo que todo el mundo entiende (o casi todos) que la caja es la base de la liquidez; nos muestra la capacidad real de pagar compromisos a tiempo y soportar las operaciones diarias de cualquier entidad.

En un negocio la famosa caja es crítica porque permite pagar las remuneraciones, a los proveedores (que siempre son muchos), arriendo e impuestos sin interrupciones. Inclusive un negocio rentable puede tener graves problemas si no tiene efectivo disponible en el momento que lo necesita.

Doy como ejemplo (de la vida real) una universidad que no había pagado la luz y tuvo que conseguir que le depositaran al instante para cancelar la deuda pendiente y evitar que le “bajaran el automático”. (No me imagino tener que avisar a los estudiantes que deben abandonar las dependencias por ese motivo). Por eso, su importancia es mucha: sin caja, no hay continuidad operativa y aumentan el riesgo de deuda cara, atrasos y quiebra. Hay que recordar que “las pymes quiebran por caja” (J.P. Swett, entrevista en CNN. 17 de abril de 2026).

En una repartición pública, la importancia de la caja también es mucha porque asegura que el servicio pueda ejecutar pagos, compras, cumplir con programas y compromisos dentro de los plazos presupuestarios. La gestión de caja en el sector público se relaciona con la tesorería y con la capacidad de coordinar ingresos y desembolsos del Estado. Si la caja es exigua, la institución afronta atrasos operativos, menor capacidad de respuesta y tensiones permanentes en la gestión del gasto público.

A nivel país, la caja o caja fiscal es mucha porque afecta la capacidad del Estado para responder a shocks, financiar gasto corriente y mantener estabilidad financiera. Cuando la liquidez fiscal es baja, el gobierno queda más expuesto a deuda, recortes o problemas de ejecución presupuestaria. En simples términos, la caja del país no solo importa para “tener dinero en el banco”, sino para sostener confianza, flexibilidad y, por, sobre todo, gobernabilidad fiscal. También se ha escuchado que, si no le pagamos a los proveedores, siempre podemos pedirles que facturen el próximo mes o año (cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia).

Los ejemplos sobran: Argentina en 2001, Grecia entre 2010 y 2015, Líbano en 2020, Zambia y Sri Lanka en 2022 muestran qué pasa cuando un país se queda sin caja.

Quiero consignar que he vivido la experiencia como emprendedor: cuando uno tiene un negocio, debe buscar ingresos periódicos y entender que el flujo de caja es lo más trascendental en una empresa. El flujo de caja es vital, así de decidor, y entender que no porque tengas tiempos buenos, estos son perpetuos; también se van a tener tiempos malos. Grandes negocios han quebrado por no tener caja para responder a sus obligaciones financieras; ejemplos hay por doquier.”

Seguramente los que dicen que la caja no importa hablan desde el cómodo y agradable estado de recibir millones por una reunión mensual y/o trabajo sin sobresaltos. Quizás nunca han tenido que ‘correr’ para pagar obligaciones urgentes, cubrir cheques protestados y enfrentar tantas otras situaciones que sí vivimos en el mundo real de los negocios. La invitación es simple: que no les nuble el partidismo político y que no le mientan al país.

Ahora los dejo porque debo sacar plata de mi caja para pagar urgente el agua, antes que me la corten.

Dr. Ulises Alarcón G.

Académico y consultor empresarial