Este indicador mensual que recoge cerca del 90% de los bienes
y servicios que componen el PIB y que se publica el primer día hábil de cada
mes, con un rezago cercano a 31–35 días respecto del mes al que se refiere es el
dato que nos entrega el Banco Central para saber si tendremos cuentas alegres o
si, más bien, debemos prepararnos para otro frío baño de realidad. Y esta vez
la realidad fue compleja ya que abril registró una caída de 1,2% en doce meses,
el peor registro en tres años, encadenando cuatro meses consecutivos de
contracción. Mientras tanto el Índice mensual de confianza empresarial (IMCE)
partió 2026 en terreno moderadamente optimista y, con el correr de los meses,
volvió a caer a zona pesimista; el índice de incertidumbre de la política
económica (IPEC), en cambio, ha mostrado un aumento fuerte de la incertidumbre
económica a lo largo del año.
Lo más irónico es que, al desagregar los datos, el
diagnóstico declara que tenemos una minería en coma y una economía no minera
que apenas camina con muletas. La producción de bienes se desplomó 5,4% anual,
arrastrada fundamentalmente por una menor extracción de cobre, mientras que el
IMACEC no minero alcanzó a crecer un feble 0,4% en el mismo período. Es decir,
nuestra principal fuente de divisas retrocede fuertemente, y el resto de los
sectores solo logra sostenerse de pie sin mostrar un dinamismo que permita
hablar de algunos atisbos de reactivación. En términos desestacionalizados, la
serie total aumentó apenas 0,1% respecto del mes precedente, mientras en doce
meses acumula una caída de 0,9%. Esta es parte de la foto de una economía que se
tambalea al borde del estanque, sin hundirse del todo, pero incapaz de flotar y
nadar hacia adelante. No estamos ante una crisis abrupta como la de 1982 o el
golpe externo de 2008 que nos obligó a usar con fuerza el Fondo de
Estabilización Económica y Social (tenía del orden de 20 mil millones de
dólares en 2008 y hoy bordea los 3,9 mil millones de dólares, que equivalen
aproximadamente a 2,5 mil millones de dólares a precios de 2008), sino frente a
una lenta anemia que se prolonga en el tiempo y desgasta silenciosamente a
hogares y empresas.
En estos años hemos aprendido que los números agregados
suelen esconder incómodas historias. Ya lo veíamos cuando comentábamos que la
deuda de los hogares superaba el 50% del PIB (hoy, el 46%) y el deudor
representativo acumulaba créditos por hasta cinco veces su ingreso mensual,
mientras se nos decía que el sistema financiero seguía “sólido” gracias a las
abundantes medidas de liquidez. Hoy la película se repite con otro guión, ya
que vemos que el IMACEC no minero crece algo, que hay sectores de servicios resistiendo,
pero al mismo tiempo vemos que buena parte de la población está fuera del
mercado laboral formal, en la informalidad o en trabajos precarios (para qué
vamos a hablar del desempleo femenino), y que esto, no se mitiga con décimas de
crecimiento. También hemos sido testigos de la flexibilidad con la que se ha tratado
la política fiscal. Cuando fue necesario enfrentar la pandemia y el estallido
social, el gasto público creció con fuerza, el déficit estructural se amplió y
se utilizaron de manera extremadamente significativa los ahorros del Estado,
todo ello en nombre de la urgencia y de otras cosas. Hoy, en cambio, frente a
una economía que no despega y con un índice líder adelantado en terreno
negativo, reaparece con fuerza la ortodoxia del equilibrio y el llamado a la
prudencia, aun cuando las brechas sociales siguen abiertas y muchas familias viven
en un frágil equilibrio financiero.
El IMACEC de abril nos obliga a enfrentar una pregunta
incómoda: ¿cuántos meses más podremos seguir administrando el modelo con
ajustes discretos sin atrevernos a cambios estructurales? Ya lo dijimos alguna
vez “las soluciones parciales aligeran momentáneamente la alicaída economía
doméstica, pero no corrigen la concentración del ingreso, la baja productividad
de buena parte de las pymes, ni la postergación histórica de las regiones”.
Mientras las grandes empresas concentran la mayoría de las ventas y el empleo
se sostiene a punta de trabajos de baja calidad, el país se ha acostumbrado
peligrosamente a crecer poco (si sacamos el deflactor del PIB, no crecemos) y a
gestionar lo poco que nos queda.
Quizás ha llegado el momento de dejar de celebrar con fuegos
artificiales cuando un mes muestra un rebote estadístico, del mismo modo que no
deberíamos caer en fatalismos absolutos frente a cada cifra negativa. Lo que
este IMACEC nos recuerda es algo más profundo y que es que la economía chilena
está atrapada en un ciclo de bajo crecimiento, alta sensibilidad a la minería y
escasa capacidad de generar bienestar inclusivo de manera sostenida. Y eso no
se resuelve con un par de puntos de inversión adicional ni con medidas
transitorias; requiere una discusión seria sobre productividad, estructura
tributaria, calidad del gasto público y un nuevo trato con las regiones y con
el trabajo. Por de pronto, la economía debe funcionar porque, de lo contrario,
las ciudades pasarán de congeladas a momificadas, y así las personas no viven.
Hoy podríamos parafrasear perfectamente que “si seguimos aceptando IMACEC
negativos como si fueran un mal inevitable del clima y no una responsabilidad
política y técnica, corremos el riesgo de naturalizar la mediocridad”. Vale la
pena estar atentos a los cambios que se propongan, para que no nos lleve la
corriente y nos ahoguemos otra vez en el mismo río de siempre.
En buen chileno, el enfermo sigue en la UCI y el termómetro,
lejos de tranquilizarnos, nos recuerda que la fiebre no cede.
Dr. Ulises Alarcón G.
Columna construída con alguna ayuda de la I.A. y verificados los datos.
Foto propia y la dejo de libre uso.

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